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miércoles, 21 de agosto de 2013

NINGUN GOBIERNO TIENE LA OBLIGACION DE GOBERNAR DE MODO QUE PIERDA VOTOS




Sin embargo, hasta hace relativamente poco tiempo no se habían estudiado formalmente las diferentes tácticas de gobierno que practican por una parte, los gobiernos que pierden los apoyos de sus votantes y no son capaces de conseguir nuevos votantes, y, por otra,  los gobiernos que se mantienen en sus mayorías y aun, a veces, llegan a aumentarlas. Resulta especialmente ilustrativo a estos efectos, la comparación de las diferencias de un mismo gobierno que, después de mantener una buena mayoría durante varios mandatos, empieza a perderla.

En la raíz de los comportamientos de los gobiernos perdedores, se encuentran actitudes de falta de compromiso con sus votantes y de querer decidir su política por su cuenta, como si la mayoría lograda una vez les hubiera concedido una patente de corso. Y a estas actitudes subyacen: la falta de inclinación de mantenerse en contacto con los ciudadanos, la falta de inclinación y la incapacidad de aprender nuevos comportamientos que exigen encontrar soluciones a nuevos problemas, un ejercicio de autoridad con demasiados componentes de imposición y menos de los necesarios de negociación y construcción de consensos, y una tendencia a buscar legitimidad tecnocrática a sus decisiones, apoyándose en técnicos externos o de la administración local, sin atención a las preferencias de sus votantes.

Estas actitudes y comportamientos se escudan, a veces, en la manifestación de que el gobierno está ejecutando el programa electoral por el que fue elegido. Realmente, si estudiamos con un poco de atención una amplia mayoría de los programas electorales  resulta poco verosímil pensar que alguien haya sido elegido precisamente por ellos.



Desde cualquier punto de vista, no puede pensarse que sea moderno un gobierno que pierde la mayoría o una proporción apreciable de votos/puestos de concejal, sin darse cuenta de que eso le va a pasar.

Por el contrario, cabría más bien pensar que en una proporción mayoritaria de casos, estamos ante una forma primitiva de gobernar que no es capaz de conservar la coalición con unos votantes que en un momento anterior confiaron en él.

Estos comportamientos causan también un perjuicio al sistema democrático, al provocar la abstención de esos votantes descuidados y contribuir a la desconfianza hacia las instituciones, los partidos y la política, como indican las encuestas.

Precisamente, cuando, tanto los organismos internacionales como los gobiernos nacionales, hablan normativamente sobre modernizar los gobiernos locales dicen cosas como:

·       “Hacer lo que quieren los ciudadanos”, “hacer más con menos”.
·       Practicar la gobernanza local como un modo de insertar al gobierno en la red de organizaciones, asociaciones, grupos sociales y líderes de opinión con los que deben acordar sus políticas.

Para estar a la altura de estas demandas, los gobiernos tienen que comprender que han de conjugar un nuevo verbo compuesto, “gobernar/campear”[1]. O podemos decir de otra manera, que no es una forma moderna de gobernar, hacerlo sin campear simultáneamente.

Esto también puede traducirse en que el “producto” del gobierno no es tanto producir  muchos equipamientos y servicios cuanto mejorar la calidad de vida de sus ciudadanos, desde la evaluación que éstos hacen, lo que a su vez produce que se mantenga o desarrolle su coalición con ellos con la consecuencia del mantenimiento o desarrollo de su mayoría electoral.



Y desde la consideración del impacto en la abstención y la desconfianza hacia el sistema democrático, podría hablarse de una cierta obligación “profesional” de los gobernantes locales hacia conocer a sus votantes, y coaligarse con ellos al acomodar sus políticas a la satisfacción de sus necesidades y negociar con los demás electores lo que representará el respeto a las minorías. Cualquier esfuerzo y gasto público que estas actividades impliquen, será más productivo para el propio gobierno y para el bienestar de los ciudadanos y la salud del sistema democrático, que esos otros esfuerzos propagandísticos, muchas veces muy caros, dirigidos a convencer a todo el mundo de lo mucho y bueno que ha hecho el gobierno, a prometer que está dispuesto a hacer más de lo mismo, y a repetir “ad nauseam” la imagen de los gobernantes. O a los desembarcos ostentosos de cargos autonómicos o estatales apoyando con sus realizaciones a sus grupos  en la oposición, o en el gobierno.




[1]  Campear, según el Diccionario de Doña María Moliner: “salir al campo a guerrear”. De este verbo se deriva el término de campeador. Gobernar/ campear como manera de gobernar, recibe también el nombre de “la campaña permanente”. El Nº 11 de estos Cuadernos se dedica a este tema, bajo el título de “MARKETING POLÍTICO: LA CAMPAÑA PERMANENTE”.
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Este texto es el comienzo del capítulo 4 "Un Nuevo Gobierno Local" del Cuaderno de Trabajo para Cargos Públicos y sus Asesores, nº 14 LA MODERNIZACION DEL GOBIERNO LOCAL. Un resumen del mismo puede obtenerse en www.marcoslekuona.net

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