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sábado, 6 de mayo de 2017

ESPONTENEIDAD Y DIRECCION CONSCIENTE ÉN LA POLÍTICA







Cuando conjuntos de personas se proponen cambiar las cosas que suceden, no les queda más remedio que romper los moldes del encuadramiento social. Al romperse estos moldes, se está estimulando la espontaneidad de las personas a la hora de ejecutar las nuevas tareas que se afrontan.

Estas prácticas espontáneas no siempre producen los resultados que se persiguen y se cumple con los valores que deben encarnarse en ellos. Y, como consecuencia las cúspides de las organizaciones del cambio, suelen pretender constituir algún tipo de garantía de que los actores se acomodan a los valores superiores.


Si los que conducen las organizaciones y buscan esa garantía, no han innovado sobre las formas de dirección que funcionan en la situación que se quiere cambiar, es normal que las reproduzcan en sus comportamientos de dirección. Así cuando tratan de disciplinar la espontaneidad, incurren en formas de control burocrático que mata la espontaneidad e introduce un principio de desmovilización en los militantes que deberían prestar su trabajo voluntario. El control burocrático es contradictorio con los valores que defienden las organizaciones progresistas, por lo que sus direcciones deberían esforzarse por encontrar métodos de dirección consciente que disciplinen la espontaneidad sin reprimirla.



Esta es una cuestión que se ha venido repitiendo a lo largo de la historia de los movimientos progresistas, como señala Gramsci en su artículo de 1.931 “Espontaneidad y dirección consciente”. En él señala la fecundidad y justeza de la dirección que se dio al movimiento obrero torinés en los finales del siglo XIX.    

Esa dirección no era abstracta, no consistía en una repetición mecánica de las fórmulas científicas o teóricas; no confundía la política; la acción real, con la disquisición teorética; se aplicaba a hombres reales, formados en determinadas relaciones históricas, con determinados sentimientos, modos de concebir, fragmentos de concepción del mundo, etc., que resultaban de las combinaciones espontáneas de un determinado ambiente de producción material, con la casual aglomeración de elementos sociales dispares. Este elemento de espontaneidad no se descuidó, ni menos se despreció: fue educado, orientado, depurado de todo elemento extraño que pudiera corromperlo, para hacerlo homogéneo, pero de un modo vivo e históricamente eficaz, con la teoría moderna. Los mismos dirigentes hablaban de la espontaneidad del movimiento, y era justo que hablaran así: esa afirmación era un estimulante, un energético, un elemento de unificación en profundidad; era ante todo la negación de que se tratara de algo arbitrario, artificial, y no históricamente necesario. Daba a la masa una conciencia teorética de creadora de valores históricos e institucionales, de fundadora de Estados. Esta unidad de la espontaneidad y la dirección consciente, o sea, de la disciplina, es precisamente la acción política real de las clases subalternas en cuanto política de masas y no simple aventura de grupos que se limitan a apelar a las masas.”

“Descuidar -y aun más, despreciar- los movimientos llamados espontáneos, o sea, renunciar a darles una dirección consciente, a elevarlos a un plano superior insertándolos en la política, puede a menudo tener consecuencias serias y graves. Ocurre casi siempre que un movimiento, espontáneo de las clases subalternas coincide con un movimiento reaccionario de la derecha de la clase dominante, y ambos por motivos concomitantes: por ejemplo, una crisis económica determina descontentos en las clases subalternas y movimientos espontáneos de masas, por una parte, y, por otra, determina complots de los grupos reaccionarios, que se aprovechan de la debilitación objetiva del gobierno; para intentar golpes de estado. Entre las causas eficientes de estos golpes de estado hay que incluir la renuncia de los grupos responsables a dar una dirección consciente a los movimientos espontáneos para convertirlos así en un factor político positivo.”



La ausencia de una dirección consciente, sustituida por el intento de controlar burocráticamente las organizaciones políticas, además de la desmovilización, genera una anarquía en los comportamientos, y un falseamiento formal de la realidad, debido a que la complejidad de estas organizaciones hace imposible un verdadero control burocrático, concebido para organizaciones mucho más simples.



La inclinación hacia el control burocrático puede justificarse por los desastres en que han llegado a incurrir los movimientos progresistas cuando han funcionado a golpe de espontaneidades. La alternativa estaría en que los dirigentes se impliquen en innovar las formas de liderazgo y gobierno, sustituyendo el control de que los actores se acomodan a los valores que convienen a los dirigentes, por el empoderamiento de los miembros de la organización y su desarrollo en la línea de sus propios valores.       

En los comienzos del siglo XXI, y con más fuerza a partir de la crisis financiera y económica que vivimos, se está poniendo en causa la eficacia de las formas burocráticas de control como base de la dirección de todo tipo de organizaciones. De hecho el modelo de la organización/reloj, basado en la ciencia clásica, se ha intentado reformar a lo largo del siglo XX para superar las deficiencias que se venían sintiendo en su aplicación. A partir de finales del siglo XX, todos los experimentos que se han llevado a cabo, han llevado a la conclusión de que no se trata tanto de reformar como de sustituir el modelo.



Y en  este sentido, los nuevos desarrollos de la dirección organizativa eficaz, a partir de las ciencias de la complejidad, tienden a parecerse a los planteamientos de disciplinar la espontaneidad por medio de una dirección consciente que la perfeccione y mantenga su creatividad.



En el proceso de cambios mayores que va experimentando nuestra sociedad hacia el postcapitalismo, con un papel clave de las organizaciones y el conocimiento, las nuevas formas de gobierno y dirección son una palanca determinante de las transformaciones que tienen que irse produciendo.



En este marco, parece razonable esperar que los partidos políticos se incorporen al movimiento de innovar sus maneras de gobierno y dirección, aportando sus propias experiencias y aprovechando las que lleven a cabo otras organizaciones. 

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